A veces uno llega a misa con un peso que ni siquiera sabe explicar. Es como si por dentro se estuviera peleando una guerra que nadie ve, y uno simplemente necesita un lugar donde dejar todo eso. Quienes frecuentan una iglesia de San Miguel Arcángel conocen bien ese sentimiento: se busca alivio, se encuentra al Arcángel, y él no pide cuentas ni requiere grandes discursos para ponerse de nuestro lado.
El guerrero que no vacila
San Juan nos dejó escrita una escena que no deja dudas: «Hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón» (Ap 12,7). Miguel no trata de pactar. No busca términos medios ni se detiene a calcular conveniencias. Su grito —«¿Quién como Dios?»— corta cualquier soberbia de raíz. Y uno, al arrodillarse frente a su imagen, siente que esa misma firmeza lo acompaña. Que no estamos solos cuando las fuerzas ya no dan.
Donde el cielo toca la tierra
Una iglesia de San Miguel Arcángel tiene algo distinto. No sé bien cómo explicarlo, pero entre el olor a incienso y la llama vacilante de las velas, uno percibe que aquella batalla del cielo sigue presente —de otra manera, claro, pero viva. Tal vez hoy valga la pena encender una vela, rezar la oración que compuso León XIII pidiendo su protección, o apenas quedarse un ratito en silencio ante el sagrario y pedirle que nos acompañe en lo que estemos llevando por dentro.

