A veces uno siente que las batallas más duras de la vida no se ven. Llega ese cansancio del alma sin saber bien de dónde viene, esos pensamientos que le sabotean a uno la fe justo cuando más la necesita, esa sensación de estar solo con todo lo que le cae encima. Pues bien, justo ahí, donde a uno se le acaban las fuerzas humanas, es donde la Iglesia ha puesto desde siempre la presencia del arcángel san Miguel, un defensor que no espera a que uno sea fuerte para acompañarlo.
El que pelea por Dios, pelea también por ti
El Apocalipsis deja una imagen que lo estremece a uno: se desató una guerra en el cielo; Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y eso no es un relato lejano ni un adorno, sino la manera más clara de decirnos que el bien no es una idea bonita, sino una fuerza viva que se le mide al mal de verdad. El nombre de san Miguel quiere decir ¿Quién como Dios?; no es una pregunta que espere respuesta, sino una verdad que se le clava a uno en el corazón: que solo Dios basta. Decir su nombre ya es, de por sí, una pequeña victoria.
En lo de cada día también hay una batalla
Uno se imagina la guerra espiritual como en las películas, y se le olvida que también está en lo chiquito del día a día: ese resentimiento que no se va, la envidia que le echa a perder a uno una amistad, la desesperanza que se mete antes de dormir, la palabra dura que después le cuesta retirar. San Miguel no viene a pelear en vez de uno, sino a recordarle que no libra esa lucha en soledad. Pedirle su intercesión es reconocer, con humildad, que hay heridas que no se curan solas y combates que se ganan de rodillas, con la mano puesta en la de Dios.
Hoy puede uno detenerse un momento, respirar y rezar la invocación de siempre: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. No hacen falta palabras perfectas, ni sentirlas de una manera especial. Con abrirle esa parte de la vida donde uno se siente más débil ya basta, y confiar en que el mismo arcángel que venció al dragón sigue peleando, hoy, al lado de uno.

