Hay días en que la pelea más difícil no se da afuera, sino adentro. Vuelve un mal pensamiento. Insiste una tentación. Uno carga un peso en el alma que parece no aflojarse nunca. Y en medio de ese cansancio, muchos hemos encontrado en San Miguel Arcángel una compañía que no juzga, que apenas sostiene y defiende.
El grito que se hizo espada
El Apocalipsis cuenta que hubo una batalla grande en el cielo: Miguel con sus ángeles peleó contra el dragón, y lo echaron abajo (Ap 12,7). Pero esa escena no quedó encerrada en el pasado; es la imagen de una pelea que sigue viva todavía hoy. Hasta el nombre lo dice todo: Miguel quiere decir “¿Quién como Dios?”, un grito humilde que se vuelve arma, porque nos recuerda que el bien no gana por nuestra fuerza sino por la verdad de Aquel a quien servimos. El profeta Daniel ya lo llamaba uno de los primeros príncipes que acude en ayuda del pueblo fiel (Dan 10,13), y en la carta de Judas se le ve disputando con autoridad, sin soltar un insulto, dejándolo todo en las manos del juicio de Dios (Judas 1,9).
La batalla de cada mañana
Y eso es lo que uno vive cada día. La pelea de San Miguel no se da nada más con espadas del cielo, sino en las cosas chicas y de todos los días: perdonar al que nos hizo daño, resistir la mentira cuando se disfraza de verdad, sostener la oración cuando se mete el desánimo, devolver la paz donde alguien la rompió. Ahí, en lo que nadie ve, es donde de verdad se nota de qué lado estamos. El Arcángel no le quita la batalla, pero nos enseña que no peleamos solos. Con una invocación sincera basta para que esa presencia invisible se ponga de nuestro lado.
Hoy, en el día de San Arcángel Miguel, vale la pena detenerse un ratito y rezar con sencillez: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. No hace falta un discurso largo; con un suspiro honesto alcanza. Encienda una velita si quiere, o rece una de las nueve salutaciones del Rosario de San Miguel, y deje que su protección lo cubra en todo lo que esta jornada le toque enfrentar.

