San Miguel Arcángel tiene un puesto muy propio dentro de la tradición judeocristiana: es el príncipe de las milicias celestiales, el defensor del pueblo de Dios. Su figura ya aparece en los textos del Antiguo Testamento y con el tiempo la teología cristiana lo fue consolidando como protector frente al mal. Conocer de dónde viene su devoción y qué significa realmente ayuda a entender por qué tanta gente sigue encomendándose a él con tanta fe.
El nombre y la misión de San Miguel en la Escritura
Miguel viene del hebreo Mija-El, que quiere decir «¿Quién como Dios?». Es una frase que suena a alabanza y al mismo tiempo a desafío frente a la soberbia del enemigo. En el Libro de Daniel (10,13 y 12,1) se lo menciona como uno de los principales príncipes celestiales y como protector del pueblo de Israel. El Apocalipsis (12,7-9) lo pone al frente de los ángeles en la batalla contra el dragón, arrojando a Satanás del cielo. La Carta de Judas (1,9) lo menciona disputando con el diablo sobre el cuerpo de Moisés, y eso reafirma su papel de defensor que no se cansa.
La tradición de la Iglesia y las apariciones
La devoción al arcangel san miguel se afianzó sobre todo a partir del siglo V. La tradición cuenta que apareció en el Monte Gargano, en el sur de Italia, y allí se levantó un santuario que sigue siendo lugar de peregrinación. En Roma, se dice que el papa san Gregorio Magno vio al arcángel envainando su espada sobre el mausoleo de Adriano —que después se conoció como Castel Sant’Angelo—, y lo interpretó como señal de que la peste que azotaba la ciudad había terminado. Mucho después, a finales del siglo XIX, el papa León XIII compuso una oración a San Miguel que se rezó al cierre de la misa durante buena parte del siglo XX, y con eso la devoción se extendió entre los católicos de todo el mundo.
Patronazgos y presencia en el arte sacro
San Miguel Arcángel es patrono de un montón de países, ciudades y oficios: los radiólogos, los paracaidistas, los policías, los enfermeros. En el arte sacro casi siempre se lo ve con armadura, espada o lanza en mano, pisando al demonio ya vencido. Es una imagen que dice mucho de su rol de guardián y triunfador sobre el mal. Su fiesta es el 29 de septiembre, la misma de los arcángeles Gabriel y Rafael, y en muchos pueblos de América Latina y de Europa se arman procesiones y celebraciones populares en su honor.
Hoy la figura de San Miguel sigue presente en la oración de cada día de miles de familias que lo invocan como escudo cuando las cosas se ponen difíciles o llega la tentación. Su imagen está en casas, parroquias y capillas por todas partes, y la costumbre de rezar la oración que compuso León XIII ha vuelto a tomar fuerza en comunidades que buscan fortaleza espiritual. Para muchos de nosotros, San Miguel no es un personaje lejano de la Biblia: es un compañero cercano que intercede con la misma entereza con la que un día defendió el cielo.

